31 oct 2022

667. Carta a todas mis catástrofes

 Querido Antonio:


   Hace tantos años que no te escribo que no sabría por dónde empezar, por dónde terminar ni qué contar exactamente. Tengo la mala costumbre de necesitarte de más cuando las cosas se ponen difíciles, y eso suele ser más a menudo de lo que me gustaría admitir. Lo he sobrellevado, te lo prometo, lo he hecho, pero me siento sobrepasada, papá.
La última vez que te escribí te dije que quería sentirme pequeña, diminuta. Hoy me siento así, chiquitita y minúscula, pero también reemplazable y fácil de olvidar, difícil de querer de verdad. Mi corazón se arruga y sangra, mi existencia se siente como la de una mota de polvo que limpias y olvidas que alguna vez estuvo ahí.


   No estuviste conmigo el suficiente tiempo para enseñarme a encajar la pérdida. No asimilé tu partida, sin embargo sí la de muchas personas que vinieron después. Antiguos amigos, amantes, familia,... Y pensé que nunca llegaría el día en el que volvería a sentir las frías manos del abandono apretando mi garganta, en que sería tocada y hundida hasta lo más profundo del océano (al que, por cierto, después de casi ahogarme hace unos años le tengo cierto terror). En este mar al que me lanzaron no veo el fondo, no sé qué hay debajo de mí, la corriente me lleva y me trae, los ojos me arden, la garganta me duele, las piernas y brazos están entumecidos por el esfuerzo. Ya no quiero nadar más, papá.
Estoy exhausta de exigirme, de correr para poder avanzar, de intentar alcanzar a personas que no estiran su mano hacia mí.

Me enseñaste que cualquier tipo de amor duele, y que cuánto más dolor más real es el sentimiento. Aprendí de ti que el amor era todo o nada, pero también aprendí lo que eran los celos y la inseguridad, el miedo al abandono; y tristemente no lo sentí hasta hace poco.

   He conocido a diferentes mujeres y hombres, cada uno con sus traumas y deseos, todos con la misma obsesión de demostrarme amor, y la misma costumbre de abandonarme después. Sólo dos me dolieron.
Beatriz fue la primera. Si realmente puedes ver el mundo incluso estando en el más allá, la recordarás. La conocí poco después de que murieras, había pasado un día desde mi cumpleaños cuando llegó a mi vida, y me hizo increíblemente feliz durante los primeros meses; me animaba después de tu pérdida, me entretenía con sus bromas, compartíamos gustos por todo. La amé con tanta dicha, con tanta inocencia, que llegué a pensar que era un regalo que tú me habías mandado para poder superar el dolor. ¡Cuán ingenua fui! Compartíamos todos, menos el amor por ti. 
¿Recuerdas cuántas veces me dijo que merecías estar muerto? ¿Recuerdas cuántas veces esperé bajo la lluvia, bajo el sol, a que ella llegara a nuestra cita? ¿Las veces que me insultó y menospreció, en que me celó, me recluyó? Ella siempre tuvo miedo de que alguien supiera que estaba con otra mujer, siempre había largas, siempre había disculpas, siempre habían discusiones. Un día no pude más, mi corazón se endureció y dije adiós. Ella volvió tiempo después y casi cometo el craso error de perdonarla.

   Después de ella llegaron varios más; Yolanda, Martín, Miriam y algunos más que ni me molesto ni quiero recordar. No fueron malos, pero no había amor. Como los acogí a mi vida, los eché sin más, sin pena ni gloria. Y luego llegó Alfredo, otro dolor de ovarios que pensé que iba a ser diferente. Usó la táctica de ataque y derribo, acepté una salida, nos divertimos, y así pasaron casi cinco años en los que nunca pude amarlo de verdad ni ser feliz con plenitud. 

   "¿Y luego?", dirás. Luego llegó otra persona que me hizo increíblemente feliz, y me hizo darme cuenta cuán rota estaba después de Beatriz. A ella le había dado todo, toda mi confianza, todo mi amor, sin celos, sin reproches. ¿Entonces qué quedaba para él, que llegó sin avisar? No lo sé. Sólo sé que me enamoré en meses como no me había enamorado en años, que lo quise más que a ninguna de las personas que habían estado antes en mi vida. Fue una mezcla de sentimientos hermosa, pero también comenzó a surgir el miedo. 
Hubo cagadas de parte de ambos, pero siempre fue bueno. Era cariñoso, atento, y me hizo sentir que merecía ser amada, que merecía una persona que me cuidara y mimara como tú lo hacías o mejor. Me hizo sentir protegida, pero asustada. Amé tanto antes y fui tan dañada, ¿qué iba a ser diferente esta vez? Yo no era tan buena para una persona así. Por mucho que sintiera merecerlo, una parte de mí no lo sentía así. Tuve un miedo atroz al abandono, a no ser suficiente; a no ser suficientemente bonita, a no ser lo bastante graciosa, a no ser lo que él esperaba, que los celos ganaron. Y llegó el abandono. No total, pero llegó. Porque yo, papá, no sirvo para tener a una persona a medias y él no estaba dispuesto a regresar, así que dije adiós y no hubo respuesta. 
Fui ingenua de nuevo. Pensé que era algo valiosa, que al menos diría adiós o, en mi optimismo, que lo pensaría e intentaríamos que todo se arreglara, pero no fue así.

   Desde entonces lloro mucho, papá. Lloro en las noches hasta dormirme, duermo en la mañana al despertarme, lloro cada vez que estoy sola y en esos momentos te ruego a ti que vuelva. Y espero, espero como una idiota un mensaje, una llamada, una palabra suya. Espero y nada pasa.

   Dime, ¿qué tal difícil soy de querer? Porque ahora mismo, aunque me duela, no siento que me quisiera realmente. Esta vez fui yo quien dejaron de lado sin pena ni gloria después de falsas promesas, de dulces mentiras, y me siento pequeñita, reemplazable y fácil de dejar atrás. 
Y aún sigo llorando y esperando, con los ojos ardiéndome, los labios adoloridos y el corazón cada día un poco más roto.


   Te extraño, no sólo los días malos, sino aquellos en los que quiero contar cuán emocionada estoy por cualquier banalidad de la vida. Te extraño y no asimilo que pasan los años y no estás. Te extraño y extraño poder ser yo libremente sin ser juzgada. Te extraño y quiero acurrucarme y hacerme diminuta en tu regazo.



Con amor,
tu catástrofe.

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