—¿Alguna vez me quisiste?
Los traslúcidos orbes de Ninverly se clavaron como alfileres en mis ojos, haciéndome sentir un jodido capullo.
—¿Que si te quise, dices? —Su aterciopelada voz sonó con la frialdad de un tímpano de hielo—. Te entregué mi vida, mis principios, mi orgullo. Pero no, no te quise.
Pude sentir el acero temblando en sus cuerdas vocales, golpeándome con la rudeza de quien se sabe dañado, hundido, y que se protege falsamente con una coraza ya quebrada. Le había hecho daño, era consciente de ello. Sin embargo, cuanto más lastimada estaba, más hermosa y viva me parecía. Más real. «Si le duele es porque le importo», solía decirme a mí mismo para acallar mis remordimientos, mi torpe conciencia enamorada.
A menudo ella se sentaba a mi lado, cogía mi mano y entrelazaba nuestros dedos. Me observaba con un fulgor resplandeciente. Y un día eso desapareció. Yo la tenía, la hería. Cuanto más la amaba, más cicatrices le dejaba, como si necesitara marcarla de algún modo. Ansiaba sentir que yo sería la mayor de sus tragedias, pues sabía que no sería la mejor de sus alegrías. Mi cobardía me impedía serlo.
Sí, al final el brillo pasional en su mirada se extinguió, dejando a su espalda las cenizas de un amor destructivo.
Ella me amaba. Incluso después de cada rasguño y de cada paliza, su corazón continuaba bombeando por y para mí; sus pestañas permanecían humedecidas por los recuerdos que su sola existencia acarreaba; sus labios seguían marchitos por no contar con el relente de mis besos. Su voz continuaba versándome en las noches de luna llena, y yo continuaba aullándole al sol una súplica lastimera.
Si tan sólo la hubiera querido más y ella me hubiera amado menos...
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