Mi madre tenía por costumbre compararme los primeros meses en una relación con la dulce, dulce, dulce luna de miel. Decía que todo era amor, pasión, encontronazos fugaces que desearías fueran eternos. Luego, con escarcha en la mirada, recalcaba que pasados los días de arrumacos y risas contagiosas vendría la tormenta que sigue a la calma. «Son dos fieles amantes que se persiguen voraces, y la tempestad siempre va detrás», solía declarar en alta voz, casi recitaba las palabras, las vomitaba con ese bonito acento tan característico en ella.
Por aquel tiempo no la entendía, apenas me paraba a comprender la magnitud de su dolor al pronunciar una y otra vez esa sarta de confesiones que yo tomaba por estupideces. Pero a día de hoy soy capaz de abrazar ese conjunto de ideas tan disparatadas como ciertas, de acunar la idea de un amor imperfecto y destructor como si de mi pequeño vástago se tratara.
Hoy, aquí, ahora, soy un trozo de tela mal cosida.
Soy algo así como un tarro repleto de emociones
que no concuerdan, que no quieren encajar.
Soy yo, destrozada, reconstruida.
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