17 dic 2014

Cuando “mal” se nos queda corto.

No va bien.

Ni tú, tan sarcástico y distante, ni yo, tan efímera e huidiza, vamos bien. No estamos bien. Nos pesan las pestañas de las penas que cargamos más que por las lágrimas que derramamos; se nos cae la cabeza al suelo del lastre de la conciencia, de la mierda que nos tira para que reaccionemos al caos inminente que reina en nuestras vidas.

Tú, tan encantador y candente, dices a viva voz todo lo que darías por un rato más a solas, por un revolcón más con la alegría. En cambio, yo, doy mis venas por un sentimiento de menos, regalo mis latidos porque se extinga la llama que una vez encendiste y que arde con el ímpetu de mil demonios. Prometes que arreglarás lo que en antaño rompiste, que reconstruirás el mundo que habías creado para mí (para nosotros), pero mientes. Porque tú, pequeño gorrión altanero, siempre mientes. Caramelizas tu voz y con ella mis penas, te esmeras en crear oasis en la tempestad con la que destruiste la calma.

Yo, que sin ti no soy nada, miro hacia atrás y veo tu reflejo en el viejo brillo de mis ojos, esos que quedaron atrapados en la desgracia de un amor incierto, fugaz e intenso. Tú, que siempre fuiste ruina y plegaria, me ahorcas con tus cuerdas vocales, con la fragilidad de tus manos, con la delicia de tus besos. Y, al final, debo elegir entre morir en el intento de huir o dejarme asfixiar por ti.

No hay comentarios:

Publicar un comentario