Era una mujer preciosa, con la luz de las estrellas en la mirada y la tristeza en la comisura de los labios. Sí, era hermosa. Pero también era la sirena más mustia del océano.
A menudo nos veíamos en la orilla de la playa, donde ella relataba sus ganas de volar, sus ansias de tocar las estrellas con la punta de los dedos y reordenarlas hasta formar un mapa del tesoro.
—Una libertar que los hombres en la tierra no conocen, que para los errantes es impensable —Entonces me miró con una desteñida sonrisa en los labios—. Ésa que todos deseáis y que, sin embargo, ninguno sabe alcanzar.
—Eres hermoso... —susurró con esa voz aterciopelada que creí sólo los ángeles podían poseer—. Siempre conmigo, perdiéndote a ti mismo. Mi pobre Peter, se te olvidó el camino a la felicidad.
Una extraña mueca se formó en mi rostro, desfigurándolo momentáneamente. Y ella, como si pudiera ver en mi expresión el hilo de mis pensamientos, volvió a tomar la palabra.
—Vete. Vete y no vuelvas, no perteneces aquí, mi querido huracán. Secarás los mares por mí, y yo no podré vivir sin el agua acariciando mi cuerpo —Sus labios se curvaron en la más tierna y sincera sonrisa que hasta el momento había visto—. Nos encontraremos algún día, en algún lugar desconocido para ambos, nuestras almas se llamarán anhelantes, y entonces...
Posó dos yemas de sus dedos sobre sus labios, depositando en ellos un efímero beso, para luego colocarlos sobre los míos. Un adiós silencioso, eterno.
Yo no la detuve, totalmente consciente de que al amarla aceptaba su presencia fugaz en mi camino. Le brindé la poca libertad que podía ofrecerle, no pude darle el cielo, pero sí el lugar que lo refleja. Y así desapareció, se esfumó de mi memoria sin irse de mi alma, me llenó de cicatrices el corazón para recordarla.
Durante largo rato permanecimos allí; ella observándome como si fuera un pobre diablo sin posibilidades; yo contemplándola como si no comprendiera sus penas. Las entendía, ¿pero cómo iba a querer una libertad lejos del mar que la vio nacer? Su pelo castaño, sus ojos azules, sus palabras vacías... Todo su ser pertenecía al gran azul que ante nosotros se alzaba, imponente, fiero. Era su madre, una fémina que la aferraba con fuerza y gruñía a los marineros que quisieran arrebatarla de sus brazos.
Podía pasarme horas así, sentado en la arena, empapándome de un olor que no era el mío, de una luz que le pertenecía. Solía mirarla de reojo, dibujarla en mi cuaderno desgastado, acariciar las delicadas líneas de su rostro sobre el papel, y siempre que lo hacía me encontraba con el agua de sus ojos puestos en la tierra de los míos. Tantos minutos en silencio, rodeado de una paz hasta entonces desconocida, al lado de un ser mágico que no resultaba ser más que una mujer enjaulada, un pajarillo sin alas.
Un día, sin previo aviso, noté la frialdad de su mano en mi mejilla, deseosa de un contacto que nunca le había brindado. Con la suavidad de quien me sabe frágil recorrió mi rostro; primero mi pómulo, de ahí elevó las caricias hasta las cejas, la nariz, los párpados, luego descendió hasta mi barbilla, mi cuello, y finalmente volvió a alzar los delicados roces a mis labios. Sonreí como un auténtico estúpido, aferré su mano apretándola contra mi piel y deposité un suave beso en su palma.
—Eres hermoso... —susurró con esa voz aterciopelada que creí sólo los ángeles podían poseer—. Siempre conmigo, perdiéndote a ti mismo. Mi pobre Peter, se te olvidó el camino a la felicidad.
Una extraña mueca se formó en mi rostro, desfigurándolo momentáneamente. Y ella, como si pudiera ver en mi expresión el hilo de mis pensamientos, volvió a tomar la palabra.
—Vete. Vete y no vuelvas, no perteneces aquí, mi querido huracán. Secarás los mares por mí, y yo no podré vivir sin el agua acariciando mi cuerpo —Sus labios se curvaron en la más tierna y sincera sonrisa que hasta el momento había visto—. Nos encontraremos algún día, en algún lugar desconocido para ambos, nuestras almas se llamarán anhelantes, y entonces...
Posó dos yemas de sus dedos sobre sus labios, depositando en ellos un efímero beso, para luego colocarlos sobre los míos. Un adiós silencioso, eterno.
Yo no la detuve, totalmente consciente de que al amarla aceptaba su presencia fugaz en mi camino. Le brindé la poca libertad que podía ofrecerle, no pude darle el cielo, pero sí el lugar que lo refleja. Y así desapareció, se esfumó de mi memoria sin irse de mi alma, me llenó de cicatrices el corazón para recordarla.
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