29 oct 2014

Que se me mueran las pestañas si la monotonía nos gana.

Las calles londinenses estaban teñidas del más puro gris, tan apagado y subyugador como las profundas olas de un mar encabritado, furioso. La calzada estaba desnuda de transeúntes mientras en la habitación se llenaba de los suaves susurros que una lascivia desinhibida provocaba como aviso a el éxtasis, culmen del placer que daría lugar al después. Llegarían las dudas, las duras palabras malsonantes y, posteriormente, los incómodos silencios de una pareja sin amor pero con muchos deseos y secretos a media luz. Así Daniel optó por alzar imponente su cuerpo, mostrar su torso desnudo y perlado por las cristalinas gotas de sudor que parecían danzar en una carrera interminable por la piel. Con la velocidad del fugitivo se enfundó los viejos vaqueros rasgados, la camiseta de manga corta con el logo de los Rolling Stones y las botas militares; seguidamente ocultó gran parte de la prenda superior tras un abrigo desgastado por el paso del tiempo. 

Cathe, que seguía inmóvil sobre un colchón falto de caricias y ansioso de atenciones, no tardó en seguir los movimientos nerviosos e inseguros de su acompañante, su eterno colega en las noches más frías con la que la ciudad les azotaba. Sin embargo habían llegado a ser sólo eso, buenos camaradas sobre una superficie blanda que se desfogan; el amor se había extinguido con la llegada de la rutina, de las discusiones y las reconciliaciones por costumbre. Elevó las dos esmeraldas que tenía por iris hasta la persiana ahora bajada, por las pequeñas aberturas pudo vislumbrar la tenue luz que las brumas dejaban pasar en un intento de otorgar algo de esperanza al lúgubre lunes, ése perdido en alguna semana de noviembre. Automáticamente siguió las acciones de Daniel, con la pequeña alteración de elevar antes las pesadas láminas de aluminio. Y, sin dirigirle palabra alguna, se vistió con la lentitud de quien saborea la desesperación ajena, de quien disfruta de la crueldad humana. Meditó por unos largos segundos que gorro ponerse, que guantes, que calzado… Cuando terminó no se molestó en desviar el trayecto de su mirada hacia el esbelto varón de castaños cabellos que con ojos impacientes examinaban su figura, tan conocida como cada recoveco de su cansada mente. Se dirigió a la puerta, tamborileando el manillar con los dedos antes de abrir. Al entreabrir el enorme trozo de madera que tenía por función hacer de entrada y salida al diminuto apartamento de soltera estudiante de enfermería, una gélida caricia atacó a los allí presentes. La chica de ojos esmeralda salió veloz, se escabulló de sus fantasmas, se sacudió las penas. Ni siquiera los infinitos escalones desde el apartamento hasta el portal no pudieron frenar la euforia que destilaba la diminuta chica por cada poro de su blanquecina piel. 

Y así acabaron, allí estaban, en un asiento cualquiera, en una acera de Inglaterra, en algún punto perdido del mapa. Ambos mantenían la vista fija en los dos sujetos que parecían fundirse para convertirse en uno, situados al final de la estrecha callejuela. La pareja se mordía, se besaba, se devoraban como depredadores hambrientos de amor, de pasión. 
—Hubo un tiempo en que nosotros éramos así. Almas furtivas, fugitivos de las responsabilidades —sus pupilas se dilataron al tiempo que las palabras se extinguían en el aire—. ¿Qué nos pasó, Cathe? 
La pequeña pelirroja, abrigada hasta la boca con su chaqueta de cuero sintético favorita no le miró. Mantuvo su actitud airada, su expresión serena, pero con un atisbo de nostalgia en los ojos que ni ella misma podía enjaular. 
—La vida. Eso nos pasó. 

Se quedaron allí, sentados en el banco de madera observando a los anhelantes amantes. La respuesta había sido rotunda, y a Daniel le castañearon los dientes por el frío cortante de las palabras. Ni siquiera las congeladas calles de Londres le producían esos escalofríos. Desvió su atención a la las desenfrenadas fieras que parecían quererse en secreto, comerse en silencio, y pensó en lo mucho que le gustaban las pecas que enmarcaban el rostro de Cathe, su frágil y diminuto cuerpo danzando bajo el suyo vehemente, las caricias malintencionadas que le dedicaba con más ternura que lujuria, las palabras descocadas que ocultaban sentimientos más allá de lo racional. Y pensó en la última vez que le había dicho cuantísimo lo amaba. Esa vez la independiente mujer había usado el mismo tono que se utiliza para una despedida eterna, para un adiós sin retorno, pero una sonrisa tan sincera que pareció atravesar el pecho del moreno con una brutalidad tan dañina como corrosiva. Daniel pensó que ese día Cathe se había vestido con la sonrisa más bonita que jamás había visto.

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