20 ago 2014

El tiempo que escapa entre tus dedos.

Hoy, como todas las mañanas, me he levantado a regañadientes de la cama. No porque no tuviera sueño ni porque las suaves sábanas de mi cama me acaloraran. No. Hoy me despertó el tintineante portero, que avisaba grosero la llegada del chico del agua, muy atractivo a decir verdad. Y yo, como cada vez que ese mismo hombre viene, obligué a mi cuerpo a moverse; primero hice que mis piernas se dejaran caer fuera del colchón en un brusco movimiento, mis pies tocando el frío suelo, acariciándole, casi rogando que comenzara a moverse por su propia cuenta hasta llevarme a la puerta; después mi brazo derecho me hizo de apoyo para poder elevar la parte superior de mi cuerpo; por último, una vez en posición, erguí todo mi cuerpo en un acto cansado pero mecánico, como si cada músculo estuviera programado para seguir el mismo protocolo día tras día, una monótona situación que se repite cada Miércoles.
Me encamino hacia el portero, situado justo al lado del gigantesco trozo de madera que cumple la función de entrada y salida. Una vez frente a él lo descolgué y sin proferir pregunta alguna, un simple “¿quién es?” quizás, le di al pequeño botón, dándole a aquel hombre el acceso a mi edificio. Volví sobre mis pasos, quedándome a medio recorrido, justo frente a un espejo de sinuosas curvas. Me miré tanto rato como el que tardó en sonar los ligeros toques provocados por el coche de los nudillos en la puerta. Tenía un aspecto lamentable, el pelo alborotado, los ojos a medio abrir, los labios resecos, y por mi cabeza el vago pensamiento enmarcado por interrogantes. ¿De verdad iba a abrir con semejante aspecto? Sí, abrí. Y frente a mí apareció la figura alta y esbelta del varón de unos veinticinco años, con una sonrisa de oreja a oreja que dejaba vislumbrar la fila de blancos dientes me preguntó cuántas garrafas quería hoy. <<Tres>> respondí haciendo un amago de devolver el gesto de cordialidad que me había mostrado. Con los mismos movimientos anteriores, casi como si fuera un cadáver andante, cogí el dinero que había depositado mi madre la noche anterior sobre la barra y se lo tendí sin llegar a rozar su piel. Después cerré la puerta tras un amable “gracias” y una curva en los labios, que juraría había salido mejor que la anterior. Y, sin más, volví mi espalda al camino que él había tomado para marcharse, y me dispuse a coger mi vieja cafetera metálica y verter el contenido en mi bonita taza azul y violeta, esa de Sully que una vez me regaló una buena amiga.
El café frío, tenía un sabor espantoso. Totalmente culpa mía por haberlo dejado preparado del día anterior a sabiendas de que, si lo preparaba por la mañana, la pereza me vencería la pelea en mi intento de abrir el recipiente plateado, colocar los granos molidos y el agua en su lugar correspondiente, y colocarlo al fuego. Me gusta decir que la vagancia ha ganado la batalla pero no la guerra, sin embargo soy consciente de que por muchas mañanas que pasen nunca haré el café. Caliento el oscuro líquido en el microondas, espero un minuto, lo extraigo del interior del aparato, le echo dos cucharadas de azúcar y lo revuelvo con ganas, como una energúmena que intenta ahogar en él sus penas. Cada pequeño grano dulce es un recuerdo doloroso, y cuantas más energías utilice para mezclarlo, mejor. Cojo la taza y me encamino al lugar donde he dormido con anterioridad, un mero acto para huir de la incesante palabrería que mi madre me otorgaría si me escucha en la cocina. Deposito el vaso de cerámica sobre la mesilla de noche, agarro el portátil y lo lanzo sobre la cama para luego lanzarme yo. Lo enciendo, me acomodo, abro Word, y me pongo a escribir una sarta de gilipolleces que a nadie le importan, ni siquiera a mí. ¿Y qué pasa entonces? Me distraigo con el móvil. Hablo, tecleo, escribo. Alguien me hace preguntarme a mí misma por qué escribo, consigue que la bombillita fundida de mi cabeza vuelta a iluminarse.

Siempre supe el motivo por el cual escribía, pero en algún lugar del largo paseo que he dado se me habían caído las intenciones al suelo y me había olvidado de recogerlas, o directamente no recordé nunca que las tenía. Mas hoy, otro día tan parecido a otros y a la vez tan distinto, me dije <<Quiero escribir, quiero contar esto>>. Y aquí estoy, con un pie dormido cayendo del borde de la cama, sintiendo ese insufrible hormigueo recorrerme desde la punta de los dedos hasta el tobillo, y aún así escribo. Tecleo de nuevo. Una canción triste, sin significado y con emociones, sonando; un café volviéndose a enfriar, melancólico, nostálgico, a la espera de que me digne a dar un pequeño sorbo para vengarse con su mal sabor; una ducha repleta de agua caliente, manteniéndose a temperatura hasta que yo me levante y llegue a ella. Pero yo quiero el agua fría y el café caliente. No hago nada para solucionarlo, para cambiar los hechos, sólo me quedo aquí, frente a una pantalla y teclado diminutos. Me dedico a plasmar pequeños detalles de mi vida y mi existencia, de mi ser. Dejo entrever los retazos de algo ya pasado, que con ansias quiero que vuelva a pasar, y que en ese momento el tiempo se detenga para brindarme la escasa oportunidad de atesorar ese momento, ese preciso momento en que quise seguir con esto, que quise que mis dedos se movieran mecánicos ante un aparato inservible, que se cuelga y se traba.

Escribo por ti, querido desconocido, y por mí, otra desconocida más. No te conozco ni me conoces, tampoco me conozco yo, y eso probablemente es lo que nos hace más cercanos. Escribo porque me gusta esa sensación, porque me gusta amar y ser amada, admirar y ser admirada. Lo sé, es posible que no sea digna de ser alabada, pero eso no quita que en un momento de mi vida alguien no lo hiciera. Hubo alguien una vez, una persona tan apreciada por mí que hubiera querido meterla en una pequeña caja y cuidarla de cualquier daño que pudiera producirle el mundo exterior, que me halagó. Le había entregado una canción que escribí para un chico que me gustaba, al cual todavía maldigo por el dolor que me causó, y en un impulso inocente se la enseñé a mi padre. Imaginaos mi sorpresa cuando me pidió el inservible trozo de papel garabateado. Yo le dije que sí, por supuesto, y él, con delicadeza, lo cogió y salió de casa a velocidad supersónica, si tuviera que compararlo con algo hubiera sido con el correcaminos cuando el coyote le perseguía ofuscado. Con mucho orgullo fue enseñándola por la calle, a desconocidos, a amigos, al grito de “¡Esto lo ha escrito mi hija!”. ¿Tenéis idea de lo placentero que puede ser ver el rostro de la persona amada deslumbrante de orgullo?

A día de hoy sigo conservando esa misma hoja escrita, a medio romper por el paso del tiempo. Poco después de que él se marchara, revisando sus cosas para guardarlas, me encontré una pequeña agenda de cuero, al abrirla me encontré la canción, bien doblada, cuidada. No sabía si llorar o reír, por lo que terminé haciendo ambas. Entre el momento en que la escribí y el que la encontré pudieron pasar, sin exagerar, seis años, sin embargo ahí estaba, metida entre páginas en blanco como si fuera un gran tesoro. Ahora es mi tesoro. Mi recordatorio del orgullo que una vez alguien sintió por mí, de la inigualable e increíble sensación de que algo que haces es valorado. Y es por eso que escribo hoy, que he escrito estos años. Lo había olvidado, pues el dolor, los recuerdos rotos y las pocas ganas de enderezar mi camino me habían hecho tirar esos momentos a la basura que hay en el rincón derecho de mi cerebro. Escribo para guardar ese sentimiento, la emoción de ser amada y respetada, para tatuarme en el corazón el feliz recuerdo. Escribo porque ese momento me hace querer seguir, mejorar, sobrepasar los límites, los que me impongo yo y los que me imponen los demás, para que todos veáis que puedo coger carrerilla y saltar por encima de ellos, sobre mi yo del pasado, de la falta de autoestima y conocimientos. Escribo porque no me conformo con el antes ni con el ahora, porque quiero un futuro en el que otras personas puedan apreciar lo que hago, lo que soy, lo que plasmo. No me conformo con un “está bien” y tampoco me diré “no puedo seguir”, no me vale con tener un “nivel aceptable” ni con ser “buena”. Quiero inspirar a los demás. Quiero que alguien sea capaz de ver como he mejorado, y quiero verlo yo misma, necesito ver mis fallos, mis errores, porque sé que entonces habré avanzado, y podré elevar la cabeza para dejar escapar una silenciosa plegaria para nadie, para todos. Quiero que otros seres humanos se pierdan en mis historias, que se sientan comprendidos y abrazados. Quiero tantas cosas que no bastarían mil hojas ni mil días para expresarlo. Quiero algo que no se describe, que se siente. Quiero ser yo y ser tú.


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