Hoy, como todas las mañanas, me
he levantado a regañadientes de la cama. No porque no tuviera sueño ni porque
las suaves sábanas de mi cama me acaloraran. No. Hoy me despertó el tintineante
portero, que avisaba grosero la llegada del chico del agua, muy atractivo a
decir verdad. Y yo, como cada vez que ese mismo hombre viene, obligué a mi
cuerpo a moverse; primero hice que mis piernas se dejaran caer fuera del
colchón en un brusco movimiento, mis pies tocando el frío suelo, acariciándole,
casi rogando que comenzara a moverse por su propia cuenta hasta llevarme a la
puerta; después mi brazo derecho me hizo de apoyo para poder elevar la parte
superior de mi cuerpo; por último, una vez en posición, erguí todo mi cuerpo en
un acto cansado pero mecánico, como si cada músculo estuviera programado para
seguir el mismo protocolo día tras día, una monótona situación que se repite
cada Miércoles.
Me encamino hacia el portero,
situado justo al lado del gigantesco trozo de madera que cumple la función de
entrada y salida. Una vez frente a él lo descolgué y sin proferir pregunta
alguna, un simple “¿quién es?” quizás, le di al pequeño botón, dándole a aquel
hombre el acceso a mi edificio. Volví sobre mis pasos, quedándome a medio
recorrido, justo frente a un espejo de sinuosas curvas. Me miré tanto rato como
el que tardó en sonar los ligeros toques provocados por el coche de los
nudillos en la puerta. Tenía un aspecto lamentable, el pelo alborotado, los
ojos a medio abrir, los labios resecos, y por mi cabeza el vago pensamiento
enmarcado por interrogantes. ¿De verdad iba a abrir con semejante aspecto? Sí,
abrí. Y frente a mí apareció la figura alta y esbelta del varón de unos
veinticinco años, con una sonrisa de oreja a oreja que dejaba vislumbrar la
fila de blancos dientes me preguntó cuántas garrafas quería hoy.
<<Tres>> respondí haciendo un amago de devolver el gesto de
cordialidad que me había mostrado. Con los mismos movimientos anteriores, casi
como si fuera un cadáver andante, cogí el dinero que había depositado mi madre
la noche anterior sobre la barra y se lo tendí sin llegar a rozar su piel. Después
cerré la puerta tras un amable “gracias” y una curva en los labios, que juraría
había salido mejor que la anterior. Y, sin más, volví mi espalda al camino que
él había tomado para marcharse, y me dispuse a coger mi vieja cafetera metálica
y verter el contenido en mi bonita taza azul y violeta, esa de Sully que una
vez me regaló una buena amiga.
El café frío, tenía un sabor
espantoso. Totalmente culpa mía por haberlo dejado preparado del día anterior a
sabiendas de que, si lo preparaba por la mañana, la pereza me vencería la pelea
en mi intento de abrir el recipiente plateado, colocar los granos molidos y el
agua en su lugar correspondiente, y colocarlo al fuego. Me gusta decir que la
vagancia ha ganado la batalla pero no la guerra, sin embargo soy consciente de
que por muchas mañanas que pasen nunca haré el café. Caliento el oscuro líquido
en el microondas, espero un minuto, lo extraigo del interior del aparato, le
echo dos cucharadas de azúcar y lo revuelvo con ganas, como una energúmena que
intenta ahogar en él sus penas. Cada pequeño grano dulce es un recuerdo
doloroso, y cuantas más energías utilice para mezclarlo, mejor. Cojo la taza y
me encamino al lugar donde he dormido con anterioridad, un mero acto para huir
de la incesante palabrería que mi madre me otorgaría si me escucha en la cocina.
Deposito el vaso de cerámica sobre la mesilla de noche, agarro el portátil y lo
lanzo sobre la cama para luego lanzarme yo. Lo enciendo, me acomodo, abro Word,
y me pongo a escribir una sarta de gilipolleces que a nadie le importan, ni
siquiera a mí. ¿Y qué pasa entonces? Me distraigo con el móvil. Hablo, tecleo,
escribo. Alguien me hace preguntarme a mí misma por qué escribo, consigue que
la bombillita fundida de mi cabeza vuelta a iluminarse.
Siempre supe el motivo por el
cual escribía, pero en algún lugar del largo paseo que he dado se me habían
caído las intenciones al suelo y me había olvidado de recogerlas, o
directamente no recordé nunca que las tenía. Mas hoy, otro día tan parecido a
otros y a la vez tan distinto, me dije <<Quiero escribir, quiero contar esto>>.
Y aquí estoy, con un pie dormido cayendo del borde de la cama, sintiendo ese
insufrible hormigueo recorrerme desde la punta de los dedos hasta el tobillo, y
aún así escribo. Tecleo de nuevo. Una canción triste, sin significado y con emociones,
sonando; un café volviéndose a enfriar, melancólico, nostálgico, a la espera de
que me digne a dar un pequeño sorbo para vengarse con su mal sabor; una ducha
repleta de agua caliente, manteniéndose a temperatura hasta que yo me levante y
llegue a ella. Pero yo quiero el agua fría y el café caliente. No hago nada
para solucionarlo, para cambiar los hechos, sólo me quedo aquí, frente a una pantalla
y teclado diminutos. Me dedico a plasmar pequeños detalles de mi vida y mi
existencia, de mi ser. Dejo entrever los retazos de algo ya pasado, que con
ansias quiero que vuelva a pasar, y que en ese momento el tiempo se detenga
para brindarme la escasa oportunidad de atesorar ese momento, ese preciso
momento en que quise seguir con esto, que quise que mis dedos se movieran
mecánicos ante un aparato inservible, que se cuelga y se traba.
Escribo por ti, querido desconocido,
y por mí, otra desconocida más. No te conozco ni me conoces, tampoco me conozco
yo, y eso probablemente es lo que nos hace más cercanos. Escribo porque me
gusta esa sensación, porque me gusta amar y ser amada, admirar y ser admirada.
Lo sé, es posible que no sea digna de ser alabada, pero eso no quita que en un
momento de mi vida alguien no lo hiciera. Hubo alguien una vez, una persona tan
apreciada por mí que hubiera querido meterla en una pequeña caja y cuidarla de
cualquier daño que pudiera producirle el mundo exterior, que me halagó. Le
había entregado una canción que escribí para un chico que me gustaba, al cual
todavía maldigo por el dolor que me causó, y en un impulso inocente se la
enseñé a mi padre. Imaginaos mi sorpresa cuando me pidió el inservible trozo de
papel garabateado. Yo le dije que sí, por supuesto, y él, con delicadeza, lo
cogió y salió de casa a velocidad supersónica, si tuviera que compararlo con
algo hubiera sido con el correcaminos cuando el coyote le perseguía ofuscado. Con
mucho orgullo fue enseñándola por la calle, a desconocidos, a amigos, al grito de “¡Esto
lo ha escrito mi hija!”. ¿Tenéis idea de lo placentero que puede ser
ver el rostro de la persona amada deslumbrante de orgullo?
A día de hoy sigo conservando esa
misma hoja escrita, a medio romper por el paso del tiempo. Poco después de que
él se marchara, revisando sus cosas para guardarlas, me encontré una pequeña
agenda de cuero, al abrirla me encontré la canción, bien doblada, cuidada. No
sabía si llorar o reír, por lo que terminé haciendo ambas. Entre el momento en
que la escribí y el que la encontré pudieron pasar, sin exagerar, seis años,
sin embargo ahí estaba, metida entre páginas en blanco como si fuera un gran
tesoro. Ahora es mi tesoro. Mi recordatorio del orgullo que una vez alguien
sintió por mí, de la inigualable e increíble sensación de que algo que haces es
valorado. Y es por eso que escribo hoy, que he escrito estos años. Lo había
olvidado, pues el dolor, los recuerdos rotos y las pocas ganas de enderezar mi
camino me habían hecho tirar esos momentos a la basura que hay en el rincón
derecho de mi cerebro. Escribo para guardar ese sentimiento, la emoción de ser
amada y respetada, para tatuarme en el corazón el feliz recuerdo. Escribo
porque ese momento me hace querer seguir, mejorar, sobrepasar los límites, los
que me impongo yo y los que me imponen los demás, para que todos veáis que
puedo coger carrerilla y saltar por encima de ellos, sobre mi yo del pasado, de
la falta de autoestima y conocimientos. Escribo porque no me conformo con el
antes ni con el ahora, porque quiero un futuro en el que otras personas puedan
apreciar lo que hago, lo que soy, lo que plasmo. No me conformo con un “está
bien” y tampoco me diré “no puedo seguir”, no me vale con tener un “nivel
aceptable” ni con ser “buena”. Quiero inspirar a los demás. Quiero que alguien
sea capaz de ver como he mejorado, y quiero verlo yo misma, necesito ver mis fallos,
mis errores, porque sé que entonces habré avanzado, y podré elevar la cabeza
para dejar escapar una silenciosa plegaria para nadie, para todos. Quiero que
otros seres humanos se pierdan en mis historias, que se sientan comprendidos y
abrazados. Quiero tantas cosas que no bastarían mil hojas ni mil días para
expresarlo. Quiero algo que no se describe, que se siente. Quiero ser yo y ser
tú.

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