Decides volver como un relámpago fugaz que asusta a un niño. Vuelves, me iluminas, me asustas y me dejas a oscuras, con todos mis miedos e inseguridades, con todas mis pesadillas debajo del colchón.
Vuelves, vuelves, vuelves... Y arrancas el motor de mi corazón con la llave de tus palabras, conduces a la velocidad máxima, esperando estrellarme contra un muro invisible que tú misma construiste.
¿Ésto siempre va a ser así?
Un tira y afloja constante, un freno y acelerador, un avión sin alas.
"Te amo", dices, "perdóname", repites, provocando el regreso de cien mil latidos perdidos en la autopista abandonada de un pasado tan doloroso que la mente quiere olvidar.
Me llenas de escoria, me clavas el puñal, afinas las cuerdas de tu guitarra y rodeas mi cuello con suavidad, esperando que mi aliento se corte con cada pequeño apretón inseguro.
Mátame, mátame, mátame ya.
Deja de torturar mi frágil cabeza, deja de regresar cuando mis pulsaciones están estables. Olvida el pasado insano que provocó la muerte prematura de los sentimientos, y, enamórate de esa mujer que siempre quisiste que fuera, esa mujer idealizada, tan pura como hermosa, tan irreal como la misma existencia de la compasión himana.
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