24 sept 2013

Cien espinas por cada pétalo caído.


En momentos así me paro a pensar que se sentía al tener un corazón completo, de esos que palpitan con tanta fuerza que parece que tienes cien caballos galopando desbocados en pleno pecho, de esos que se tranquilizan con una caricia, de esos que te traicionan con una sonrisa. En momentos así mil pensamientos vienen a mi cabeza y entre ellos millones de palabras que me dedicaste en un pasado tan lejano que los siglos quedan cortos. 

¿Recuerdas mi voz? ¿recuerdas mi cara sonrojada? ¿recuerdas mi estúpida sonrisa dedicada?

No recuerdo, ya no. Ni el eco de tu voz ni tu mejillas sonrosadas ni tu sonrisa mal forjada, pero no puedo evitar recordarte entera, y sentirme infinitamente estúpida, porque infinitamente sentí tantas cicatrices quemarse en mí, tantas lágrimas agridulces, tantas falsas esperanzas. 

¿Qué había antes del cristal roto, antes de ti, de mí, de nosotros?

Existían esas canciones románticas, esos pasos de baile mal dados, esos tartamudeos torpes. Había algo, habían tantas cosas, tantas cosas que me agitaban como a una niña en Navidad, había querer, había sentir. ¿Amar? También, había amor, tanto que se me escapaba por los poros de la piel, tanto que podías casi palparlo, olerlo, abrazarlo y no soltarlo.

Vivir de la patética historia de amor mal redactada, que dos chiquillos intentaron escribir hasta el final, en vano. Morir escuchando melodías que te suben a la luna, y que luego deciden hacerte caer a tal velocidad que quedas hecho añicos en el suelo, recogiendo cada trozo de tu alma tirada.

¿Te quise a ti o quise a mi egoísmo?
O más importante;
¿cómo sé que realmente te amé?
(Quien sepa qué es el amor que venga y me lo explique)

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