9 nov 2013

Finales efímeros, recuerdos eternos.

De las cien mil preguntas que en mi mente había, sólo una mi boca se atrevía a pronunciar, con un temblor que movía montañas a escalas agigantadas. En la soledad de una habitación sinuosa, los recuerdos son el único compañero, evitando la locura inminente que aflora con color carmesí.   
Los gritos silenciosos que inundan mi cabeza no me dejan descansar, llamándote, llamándome... ¿A dónde he ido? Quizás me he perdido, te he perdido, nos hemos perdido el uno al otro, mutuamente, y cuando nos encontremos el dolor ya habrá plantado las malas hierbas en los corazones desgastados. Para entonces tus preguntas ya habrán sido respondidas por las notas mal sonantes de lenguas tan ajenas como ahora las nuestras, ya habrás completado las partituras que juraste no acabar, y tu guitarra astillada demostrará la pasión desbordada de momentos ya lejanos. 

Al final sólo nos quedará una voz desgarrada por las lágrimas amargas que corretean por nuestras caras. Al final, sí, al final, siempre habrá un final.

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