Habían pasado tantos años desde que se encontraron, que en el momento en que sus ojos se cruzaron de nuevos la incredulidad deslumbró en ellos. Ella, ya hecha una mujer, él, ya hecho un apuesto joven de 21 años. Cuántos años perdidos en la soledad de sus mentes, buscándose sin buscarse, cuántos miedos guardados poseyendo sus corazones. Él seguía mirándola, atónito, pero ella le dirigió una mirada de odio fulminante, dio media vuelta, y continuó su camino. El joven la siguió, persistente, gritando su nombre, incluso pensando que estaba confundiendo a la mujer, pero la mirada de sorpresa que ella le había dirigido antes no podía ser solamente una alucinación, ¿o quizás sí? Ángel decidió perseguirla igualmente, él la conocía, a pesar de tantos años pasados, él no podía confundirla. Se había pasado los últimos tres años de su vida buscando su mirada, nada más salir del centro de menores la buscó por cada esquina, y ahora la había encontrado, pero ella renunciaba a él ahora que se habían encontrado.
Cansado de jugar al gato y al ratón agarró la mano de la joven, forzándola a girar su cabeza.—Suéltame. ¿Qué te crees que haces? —dijo, con tal odio en su voz que por un momento la mente del joven colapsó.—¿Vas a seguir huyéndome? No sé a qué viene esto, pero te estás comportando como una chiquilla, Eva. Ya no somos unos niños.—No sé quién eres y tampoco me interesa saberlo.—Sí lo sabes —dijo mientras agarraba su cara y la hacía mirarle—. ¿Por qué no quieres verme? Te he buscado mucho tiempo.Ella consiguió soltarse, y corriendo se alejó de él. Era tan doloroso para ella, que durante tantos años había esperado verle. Era tan doloroso pensar que durante tantos años él podía no haberla extrañado, le daba tanto miedo esa posibilidad que prefería seguir pensando en él como un sueño futuro y un pasado lejano.Ángel persistió en su búsqueda, la buscó por cada esquina de la ciudad, esperando verla nuevamente. Eva no podía haber desaparecido de su vista en cinco minutos, pensaba, y ese pensamiento le dio fuerzas para seguir buscándola por callejones secretos y tiendas abarrotadas. Cuando al fin la encontró ella estaba en un pequeño parque, sentada en un banco, como esperando algo que nunca llega. Él se quedó mirándola, preguntándose a sí mismo si Eva habría recordado durante todos esos años la infancia que tuvieron juntos, como él saltaba a la azotea de al lado y llevaba cosas para romper, y justo cuando salía el dueño como la escondía y la protegía, todas esas travesuras de infancia tan importantes para él, se pregunta si ella recuerda como guardaba sus secretos más profundos, como la defendía de la maldad de las personas, como la ocultaba de los ojos mal intencionados y burlones, como disfrutaba viéndola hacer trampas para estar con él. Eran tantas preguntas y tanto miedo de que ella huyera nuevamente de él.Ángel estaba tan absorto en sus pensamientos que no se percató de que Eva le había visto y de que todavía le observaba, pero esta vez no salió corriendo cuando él se acercó. Se sentó a su lado, el silencio reinó, hasta que la joven lo rompió:—Siempre estuve esperando, y soñando como una idiota que volverías, ¿sabes? —dijo mientras agachaba la cabeza y ocultaba su cara—. Pensaba tanto en ese momento, que me aterraba que llegara, me aterraba pensar que el día que nos viéramos no te acordarías de mí.—¿Cómo te atreves a pensar eso? ¿Estás tonta o qué? Ya somos adultos, Eva, deberías reflexionar un poco más sobre esas cosas. Me conoces, y... —pero la joven le cortó.—Te conocía —aclaró—. Antes pensaba que te seguía conociendo, pensé que si algún día realmente te necesitaba aparecerías para estar conmigo, pero no fue así. ¿Sabes? Él se fue, papá se fue. Me lo quitaron... —balbuceó Eva mientras comenzaba a llorar—. ¡Él se fue y tú no estabas! Os perdí. Le perdí a él, te perdí a ti y me perdí yo, Ángel. Yo ya no soy la Eva que tú conocías y tú ya no eres el Ángel que yo conocía, ahora sólo somos desconocidos que planean rememorar viejos tiempos como si fuéramos estúpidos felices por el reencuentro —el joven abrió la boca con intención de hablar, pero las palabras que Eva había guardado en su alma durante años salieron como atropelladas—. ¿Crees que me conoces? ¿crees que sigo siendo la tonta que se moría por un poco de tu atención y que correteaba detrás de ti como una colegiala en primavera? Soy tan diferente de tus recuerdos...El joven estaba estupefacto, no conseguía que las palabras se ordenaran en su cabeza. Respiró hondo intentando mantener la calma, agarró la mano de la chica, y con mirada severa y voz seria preguntó:—¿Qué te han hecho? ¿qué ha pasado con la bonita y alegre sonrisa que tenías? —pronunció estas palabras mientras la abrazaba con dulzura, sin perder la seriedad y suavidad de su voz—. Y a pesar de no poder estar contigo en ese momento, no hubo día en que no pensara en nuestros momentos juntos —calmó su voz un poco más, y prosiguió—. Me dolía el paso del tiempo y el olvidar tus abrazos cálidos, tu risa escandalosa, tu cara roja cuando estaba cerca, tus mirada avergonzada, tu voz al hablar conmigo. Todo eso me dolía, y mucho, así que no creas que ha sido un camino de rosas sin espinas. No estuve, pero sí estoy ahora, y si me das tu permiso no me volveré a ir.Eva lloró desconsoladamente en el abrazo acogedor de Ángel. Él acarició su cabeza con suavidad, haciéndola volver a los tiempos en que eran niños y se sentía protegida de todo con él, pareciendo que estaba en una burbuja de ensueño.—En todos estos años, me ha dado tiempo de pensar en que quizás lo nuestro es cosa del destino —dijo él riéndose por lo bajo—. ¿No te has parado a pensarlo? Mi nombre es Ángel y el tuyo Eva, así que quizás mi destino sea ser el ángel de la primera mujer de mi vida —pronunció estas palabras mientras volvía a reír asperamente, dándole después un pequeño beso de consolación en la frente.
Eva despertó de su sueño impactada. "Oh, vaya, ¿solamente ha sido un sueño?" pensó, "parecía tan real...". Cerró sus ojos acostada en la cama, intento recrear la calidez del momento y sumergiéndose en la melancolía de sus recuerdos. "Nunca volverá, Eva. Él nunca volverá. Definitivamente nos perdimos los tres: papá, él, y yo" pensó nuevamente, mientras una pequeña lágrima viajó hacia su almohada.
Maldecía los momentos felices que había vivido, pues cada uno de esos recuerdos ahora dolía como una puñalada en su pecho. Ella se dedicaría los próximos años de su vida a querer pero no amar, a desear pero no tener, a sufrir pero no llorar. Se dedicaría a dejar sus deseos en la almohada cada mañana, intentando que no la abordaran a lo largo del día, y abrazándolos cada noche.
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