Todos dejamos historias abandonadas en el baúl de nuestra alma, ya sea por vergüenza, por rencor o porque en un tiempo nos hicieron tan felices que ahora hieren hasta lo más profundo de nuestro ser. Las encerramos, esperando olvidarlas, y lo conseguimos. O eso pensaba Airi, una chica de diecisiete años que se mantiene entretenida tocando el piano para desechar los recuerdos que la atormentan.
Airi, constantemente tocando la misma canción, una y otra vez, esa canción especial que amarra su corazón y le da martillazos hasta hacerlo estallar, la que le trae recuerdos de lo que pudo ser y nunca será, de lo que perdió y nunca ganó realmente. Con cada nota va pasando de recuerdo, como si de un álbum de fotos se tratase, hasta que se da cuenta de que ya no recuerda la sonrisa de la persona a la que tanto anhela, ya ni siquiera recuerda la suya propia, y para en seco, esperando la lluvia no caiga por sus mejillas, conteniendo sus sentimientos una vez más.
"¿A quién perdí realmente? ¿si era tan preciado para mí por qué ya no recuerdo algo tan importante?" piensa para sí misma. Exhausta se levanta de su pequeño sillín tapado con fina seda blanca, se coloca menuda chaqueta y se encamina hacia la salida. Al salir la luz del sol la ciega, y se pregunta como el mundo puede estar tan iluminado y ella no sentir la calidez de lo que la rodea. Gente hablando, riendo, familias aparentemente perfectas con mil problemas sin resolver, eso para ella queda tan lejano, le vuelve a embargar la amargura de la pérdida y al llegar al parque se sienta en un banco de madera vieja.
- ¿Cuánto ha pasado ya?- Se dice en voz baja, y le atacan los remordimientos al no recordar con exactitud cuantos años hará de la tragedia. Se desencadenan en su cabeza un millar de inquietudes. Rememora los tres días que no le vio, y como el último de ellos llamó a su amiga de infancia.
- No sé por qué pasa esto... Estoy cansada de que siempre haga daño a mamá.- Decía.
- Todo se arreglará, deja de preocuparte. Ya sabes que es difícil salir de esa situación, dale tiempo a tu padre. Va, va, todo irá bien, ya verás.
- No lo sé, pero, de verdad, ojalá no estuvieran juntos... Así se acabaría.
El áspero sabor de sus palabras ardían en su garganta, a pesar de ya hacer varios años que fueron pronunciadas. "¿Cuándo dejaré de echarme la culpa por algo así? No tiene sentido", se dice una y otra vez. Pero la pesadumbre que en ella vive no es algo que se pase con el consuelo propio, ni con el ajeno, ni con los años, ni siquiera con los siglos. Airi es creyente de que seguirá sintiéndose culpable en esta vida, en su muerte, y, si existe, en la reencarnación. Vivirá y morirá atormentada eternamente por la reminiscencia.
Tan cruel y solitario le parecía el universo en ese banco sentada, tan agotador. Estaba tan cansada de intentar huir de sus propias memorias que por un momento pensó en dejarse someter por ellas, pero si lo hacía también tendría en su conciencia el sufrimiento de su familia. "Soy tan culpable como quien lo arrebató de mis brazos, soy tan inocente como quien le encontró sin quererlo". Tantas culpas en su ánima la hacían caer en un pozo sin fin, y mientras caía se preguntaba cuánto duraría el trayecto que la abrumaba sin cesar, se preguntó cuánto tardaría en hacerse pedazos completamente, y cuanto tardaría en dejar de existir la Airi que había sido años atrás.
- ¿Cuánto más tengo que esperar para que llegue mi castigo?- Resopló cabizbaja, como si ya hiciera tiempo que se había rendido.
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