28 abr 2012

Los restos del recuerdo.

Ya había pasado un mes desde el encuentro de Ann y Amelia. Ann paseaba por la calle, entre la multitud de gente, agarrada de la mano con una rubia despampanante. El transcurso de su vida seguía igual, como si Amelia nunca hubiera existido en ella. Había buscado a alguien en quien encontrar el consuelo necesario para olvidar, o eso creía.
Ann sonreía, contenta, con Susan, la chica de pelo soleado, por la calle, alegre de tener una compañía agradable para variar. Le parecía imposible que todo con ella fueran risas y alegrías, aunque sentía que en su interior siempre había un atisbo de tristeza agarrándole el corazón, evitándole ser totalmente libre y feliz.
Poco después, en otro de sus paseos (ya típicos) con Susan, le pareció ver el pelirrojo cabello de Amelia a lo lejos y en un impulso soltó la mano la rubia de ojos azules y aceleró el paso, esquivando a la multitud. Su paso cada vez era más acelerado hasta que empezó a correr hasta llegar a un pequeño parque vacío. Amelia estaba allí, frente a la fuente, y pareció ser ella la que iluminaba al Sol y no viceversa.
Ann se quedó boquiabierta mirándole. Amelia seguía siendo tan… hermosa. A pesar de haber pasado solamente una noche con ella, se había fijado en cada pequeño detalle, no solo en su pelo rojo, su piel morena y sus ojos oscuros, sino que se había fijado también en sus pestañas largas, en sus manos delgadas y pequeñas, en su cintura de avispa, en sus rodillas delgadas, en su sonrisa cansada y su mirada triste. Se había fijado en muchas cosas de Amelia y a pesar de no conocerla de nada conocía de ella más de lo que parecía. Conocía su voz en un susurro, conocía, de alguna manera inexplicablemente, su dolor, sus temores. No sabía porqué, pero quería protegerla de todo eso, quería protegerla de un pasado que seguramente le había hecho demasiado daño y quería darle un futuro que valiera realmente la pena.
Amelia miró a su derecha y vio a Ann, en ese momento su corazón se paró, y el de Ann se aceleró como un caballo desbocado. A Ann le pareció más intensa la mirada de Amelia, más dolida y más cansada a la vez. Amelia se dio la vuelta y se dispuso a irse, pero la morena corrió y la agarró del brazo.

–Quédate. -dijo, con voz firme, severa. Parecía más una orden que una petición. Amelia la miró.
–Suéltame.
–No. Quédate. ¿No lo entiendes? Por Dios… Te fuiste, huiste, porque tú y yo sabemos que eso no fue solo una noche. Te asustaste y escapaste. Yo… Joder, te fuiste y todo… fue una mierda, ¿entiendes? Le viste la vuelta a mi puto mundo en una noche. La primera semana no podía ni… dormir… Daba vueltas en la cama y en cada rincón de ella, por más que lavara las sábanas, parecía que seguía tu olor. -cortó un momento, mirándola a los ojos, intentando descubrir lo que su mirada escondía. No había enfado y parecía que no iba a huir, así que continuó: –Sabes que para ti fue algo más allá de las estrellas, del espacio y del infinito… ¿Por qué no te quedas?

Amelia miró a Ann con aire vacilante, sus ojos estaban húmedos, tuvo que morder su lengua para no derramar lágrimas. La verdad es que para Amelia aquel mes había sido uno de los peores de su vida. Después de tanto tiempo había encontrado algo que la había hecho sentir tan… viva, y lo había dejado escapar. Se sentía estúpida, pero sabía que tenía que ser así, al fin y al cabo, ella eligió el destino de vender su cuerpo y no amar jamás.

–Adiós. -se dedicó a decir. Entonces dio media vuelta y continuó su camino. Esta vez aceleró el paso.

Ann se quedó anonadada en el pequeño parque, viéndola marchar. ¿Qué más podía hacer? Ella no quería, pero no sabía que más podía hacer. Y así, ambas dejaron escapar otra vez lo que podía ser una gran oportunidad para ellas, para reparar sus corazones, para amar y ser amadas.

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