25 may 2014

You're the drug.


Horas, habían pasado horas, tortuosos minutos inacabables que parecían querer lanzarse sobre mí como un cubo de agua fría que me devolvía a la cruel realidad de la situación. Él se había ido, y yo, en cambio, seguía tirado en un sofá de cuero desgastado, demasiado absorto en mis propios pensamientos repletos de esos insolentes recuerdos que no dejaban de taladrarme; y en mi cabeza el eco de la pregunta sin respuesta. ¿Qué había pasado? En un segundo se había derrumbado cada uno de los muros que había construido con esfuerzo y dedicación, barreras que me habían costado lágrimas y sudor, sangre en las manos a causa del trabajo. 
Miré nuevamente hacia la mesilla de noche que se encontraba a mi derecha, sobre ella el maldito móvil seguía sin sonar. Lo cogí nuevamente para mirar la hora, y como un acto reflejo puse los ojos en blanco y eché la cabeza hacia atrás, dejándola caer sobre el respaldo de mi incómodo asiento. Sabía que él tenía que pensar, yo también debía hacerlo, o más bien debía aclarar los cajones de escoria que me estaban evitando ver con claridad lo que tenía que hacer, más por mi bien que por el suyo. «Estúpido egoísta» me dije, y en un suspiro dejé entrever toda mi frustración acumulada. Y es que en el fondo no era más que un niño acojonado por lo que el futuro pudiera depararme, escondiéndome entre mis propias inseguridades, temeroso de que esa persona me abandonara, pero con intención de huir dejando los remordimientos atrás si esta relación enfermiza me llegaba a dañar en exceso. O quizás ya me dañaba en exceso, sin embargo, por ahora sólo era como si me arrancaran la piel a tiras, y no como si me arrancaran el corazón para tirarlo al suelo y pisotearlo sin piedad. 

Yo seguía allí, idiota de mí. Mi vista perdida en el blanco techo, con algún que otro rastro de humedad, y, como si así mis problemas desaparecieran, cerré los ojos. Era bien sabido para mí que no iba a desaparecer el ardor en el pecho ni el nudo en el estómago, mucho menos mis ganas de correr despavorido hacia la puerta y no volver, pero los cerré. Y al abrirlos, sí, efectivamente, estaba todavía en aquel sofá mugriento, con el cuello dolorido y un par de horas más a mi espalda. Volví a mirar la mesilla, el maldito aparato seguía sin reaccionar, sin sonar, sin iluminar su enorme pantalla mostrando el nombre que llevaba esperando desde hace, por lo menos, siglos. Pero para mi sorpresa, escuché el tintineo de las llaves, el choque de metal contra metal cuando torpemente intentaba introducirlas en la cerradura. Oh, ¡venga ya! Jodido hombre inútil, ni siquiera podía abrir la puerta sin hacer un escándalo por ello. 
Me levanté a toda velocidad, casi comiéndome la mesa de té que tenía enfrente. Llegué a esquivarla torpemente, casi perdiendo el equilibrio de nuevo, y una vez sobrepasada esa pequeña e insignificante barrera me dirigí a la puerta, poniendo la mano en el pomo para moverlo y abrir la puerta, elevando la vista y quedándome inmóvil mirando al sujeto que ahora tenía enfrente mirándome con la misma estupefacción que un criminal a un agente policial cuando acaba de ser pillado en medio de un robo. Elevé una ceja, interrogándole con la mirada, él abrió la boca para proferir alguna de sus estupideces, alguna posible disculpa tartamudeada o de mala gana, mas cerró la boca al observarme detenidamente. Me clavó sus ojos con tal intensidad que por un momento creí que pretendía traspasarme el alma. Y sé quedó en la puerta, de pie, como si fuera un desconocido que necesita permiso para entrar; yo simplemente me eché a un lado haciéndole espacio para que lo hiciera, un gesto que iba a costarme la poca paciencia que conservaba. 
Sus pasos eran lentos, bañados en una falsa seguridad que casi le hacía tambalearse. Se sentó con las rodillas separadas en uno de los sofás, y sobre ellas posó sus brazos para juntar sus manos entrelazando sus propios dedos. Siempre había amado esas manos, sus manos, sus dedos largos y delgados, su piel fina, blanca y fría que me hacía estremecer con el mínimo roce.

– Veil… –comenzó a balbucear cabizbaja. Su pelo tapaba por completo su rostro, impidiendo así ver sus facciones, posiblemente contraídas a causa de su estado alterado–. Lo… lo siento… 
Abrí los ojos fingiendo sorpresa. Él casi se había atragantado con las palabras, y las había escupido como el no hacerlo fuera a provocarle una muerte prematura. Resoplé, más por cansancio de la mierda de siempre. Comenzaba a parecer una broma, o que estaba en alguna especie de película que el televidente no hacía más que rebobinar la misma escena una y otra vez; o quizá podía compararlo con un disco rayado que no dejaba que se escuchara alguna otra cosa. Eso éramos, no podíamos pasar a la siguiente canción, a la siguiente escena. 
– Sí, como siempre. –espeté de forma cortante, con la furia totalmente plasmada en mi semblante. Aquel circo de mala muerte que teníamos por relación y el payaso que tenía enfrente por pareja me estaban irritando de tal forma que sin duda alguna hubiera mandado todo a paseo en un simple chasqueo de dedos. 
Pero no lo hice.

Continué unos largos minutos quieto ante él, apoyado en la dura pared con los brazos cruzados, examinándole. Me había quedado atascado en esa posición, esperando alguna reacción o palabra que me hiciera no querer renunciar en aquel preciso instante a lo que él significaba para mí, y con ello a mi propio corazón maltrecho. No obstante, el contrario no hacía que su cuerpo se accionara, o por lo menos el amago de mover sus labios para expresar emoción alguna. Cosa que me crispaba todavía más. Apreté las manos con fuerza, haciendo fuerza contra mis brazos, vago intento de no abalanzarme sobre él obligándole a mirarme de una puñetera vez. Me mordí el labio inferior, sintiéndome herido por la total -y tan conocida para mí– indiferencia que mostraba ante todo.
Comencé a moverme, pero lejos de hacer caso a mis tentaciones más profundas cambié mi trayectoria, dando un corto paseo hasta el dormitorio. Cogí la primera maleta que encontré en el armario, y metí una prenda tras otra y otra hasta llenarla de mi ropa; simples trozos de tela que entre besos y mentiras había terminado por llevar al lugar. No era mi casa, tampoco podía decir que no lo fuera, pues siempre dije esa frase cliché que repiten los ilusos enamorados: “Mi casa está donde estés tú”. Me carcajeé suavemente al caer en la constancia de mis propios errores de crío enamorado, que bien me aventuraba a decir que amaba más el propio sentimiento que el varón que había sentado en la sala de al lado. Le maldije mientras cerraba la maleta, le blasfemé con tan ira que sentí como me quemaba la garganta. Posiblemente no me estaría escuchando, no me importaba tampoco. Seguí maldiciéndole, dejando escapar leves gruñidos de mi garganta, y es que comenzaba a parecer más un animal lastimado que un hombre despechado. 
Al volver a la sala lo hice con el equipaje en mano, dándole una última ojeada al penoso ser que gimoteaba. Me odié aún más. Había malgastado meses, años de mi vida profundizando en esa persona, examinándole, tanto que conocía cada uno de sus gestos; su constante golpeteo con el pie derecho en el suelo a causa de los nervios, su forma de suspirar a causa del malestar, como se humedecía los labios con la punta de la lengua mientras buscaba las palabras indicadas, los ojos fijos en un punto para evitar derramar una lágrima. Conocía todo eso, lo tenía grabado a fuego en mi memoria, y sabía su expresión y sus pensamientos sin tan siquiera verle la cara. No me era necesario, había guardado cada exteriorización. Inclusive la diferencia de cuando bebía café por mero gusto a cuando lo hacía por costumbre, cuando le abrazaba porque tenía un buen día o cuando era por tristeza o excitación sólo fijándose en el posicionamiento de sus manos. 

No. Descarté todas aquellas pilas de incoherencia que acudían a mí con fiereza.

Me volví dándole la espalda, con la firme decisión de no volver a semejante lugar en el que habían transcurrido los momentos más amargos que podía soportar mi paladar. Esta vez, para mi asombro, me detuvo. Quizá porque era la primera vez que podía contemplarme marchar, o porque su cerebro había decidido regalarles nuevamente la movilidad a sus miembros, realmente era algo en lo que no podía pensar con claridad. Simplemente noté el agarre repentino en la tela de mi camiseta, haciéndome girar para clavarle mis pupilas, y un hilo de esperanza afloró en mi interior.

― Quédate conmigo. ―suplicó, y su voz desgarrada resonó en la habitación. Le miré serio, seguro, y él, como si le arrancaran la vida dejó que sus finos dedos aflojaran la presión en mi camiseta, soltándola.
Suspiré agotado, bajando la mirada y ahogando mis propias ganas de saltar a sus brazos como cada vez que nos reencontrábamos. No podía hacer eso ahora, la desilusión estaba demasiado presente en mí. Él se rindió tan rápido. Se dio por vencido tan pronto que no supe si el crujido que sonaba, similar a un cristal quebrándose, era su corazón o el mío. Cuando me había volteado a mirarle pude observar como sus ojos denotaban el mismo dolor que yo sentía, lo reflejaban con tanta claridad que, aun cerrando los míos para contener el salado líquido que acudía ellos, podía encontrarme con aquellos oscuros orbes cristalizados. Se habían tatuado en mis párpados. 
Comenzó a balbucear nuevamente, extendiendo su mano en un intento de sujetarme nuevamente, de impedirme ir, sin embargo la detuvo a medio camino, planteándose si aquella era la decisión más sabia, o a lo mejor la menos dolorosa. Yo estaba tomando la decisión que a él tanto le costaba aceptar, pero que sabía de primera mano que era la más indicada para ambos. Extendí mi brazo, un mero impulso a causado por la ocasión, y me permití acariciar su mejilla con la misma suavidad que si tocara el más frágil de los tesoros.
– Adiós, James… –Sonreí con amargura, notando como cada resquicio de lo que hubo se volvía polvo en mis manos–. Me cansé de sentirme enfermo.
En ningún momento mostré en mi voz el mismo pesar que posiblemente tenía impreso en el rostro. Dejé caer mi mano, y sin nada más que decir le di la espalda, abriendo la puerta para cerrarla a mi paso. 

Y, simplemente, desaparecí.

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