Querido Antonio:
Hoy me levanté con esa sensación extraña que todos experimentamos alguna vez, esa sensación de: Quiero ser pequeño, diminuto. Como cuando tenía unos siete años y quería sentirme mayor, pero tú me comprabas una cama más alta, u observabas mis intentos por llegar a los armarios de la cocina. En aquel tiempo pensaba que era tu forma de reírte de mí, conmigo, pero ahora me paro a pensarlo seriamente, llegando a planteármelo como tu propia necesidad de ver que ese pequeño ser que habías veías crecer con el paso del tiempo todavía te necesitaba a ti, seguía atado a ti. Al fin y al cabo, la dependencia siempre fue uno de nuestros grandes gestos de amor mutuo. Y debo admitir que era tan agradable, tan natural, justo uno de esos amores tan asfixiantes y a la vez tan codiciados. Siempre fuimos así, ¿recuerdas? Con esos sentimientos que te rodeaban el cuello con tanta fuerza que el aire te faltaba, con esos sentimientos que me agotaban, que no supe valorar hasta que la noche funesta se hizo presente para darme a entender con su mano implacable que la realidad había llegado, que nada era para siempre.
Nunca me paro a contar las horas, apenas cuento los años desde que no estás, y parece que cada vez te necesito más. Me invaden esos pensamientos que tanto odiarías que tuviera y que, sin embargo, tú tanto albergabas en tu cabeza. Pienso en ti, en mí, en el futuro. Mi futuro, sólo eso. Pienso en la soledad que me abraza las noches de frío, de miedo, de inseguridades, en la sensación del sofá vacío, en la falta de un aroma que ya no me es conocido. Reflexiono sobre tus errores, sobre los míos, sobre las catástrofes que creamos con nuestra sola presencia, o con nuestra simple mención; ¿tan mal compañero eras? ¿tan mala compañera soy? ¿Tan malos humanos somos? Innecesarios, fugaces, sentados en una silla sin llegar a tocar el suelo, con los pies colgando, esperando que se cree un agujero dentro bajo nuestros miembros, y así poder saltar, sentir la adrenalina de caer y no saber a donde vamos a parar. Y dime, mi gran desastre desordena vidas, ¿ahora que no estás quien me protege a mí?
Me río de mi misma, de mis expectativas. Digo que quiero ser una niña, pero ansío el raciocinio de alguien todavía más maduro. ¿Te das cuenta? Realmente sólo necesito unos brazos cálidos que me acurruquen y me acunen como si no hubiera mañana, como si fuera una cría desconsolada, pero no tienen sentido otros abrazos, otro calor. Tienes que ser tú, siempre debes ser única y exclusivamente tú. ¡Oh, joder! Tan egoísta y exigente, queriendo siempre lo mejor para mí, a ti. Y es que lo que no sabes es que al resto de la humanidad prácticamente le huyo, y si no lo hago, las ganas me abordan, me hacen querer correr despavorida y esconderme de todo aquello que me pueda hacer daño. De todas formas, ¿quiénes son ellos? Carne y hueso, sentimientos, y poco más. Dirán "te quiero", dirán "te necesito" y dirán "siempre estaré contigo". Mentiras. Al final no hay nadie ni nada, ellos nos están atados a mi persona, e igual que ellos me abandonan cuando se dan cuenta de quién soy, de como soy, yo quiero desvanecerme cuando comienzo a comprometerme emocionalmente. Soy así, renunciaste a muchas cosas por una cobarde sin remedio.
Cobarde y egoísta, falta de agallas para dar la cara a lo que el destino me depara. Bueno, qué es el destino sino un juego de azar que cada uno puede manipular según le convenga. Incluso ahora mi propia ambición me pide más protección, más amor, y tú ya no puedes hacer nada al respecto. Y, al no tener lo que tanto necesito es cuando llegan nuevamente las dudas y los pequeños calambres a mis piernas invitándome a moverlas a la máxima velocidad que me permitan, alejándome de este mundo destrozado e irreal.
Las preguntas que me azotan, que se acomodan en mi cabeza, ellas también me abrazan en cada momento que la soledad me ataca. Fingen consolarme, y yo las recibo con los brazos abiertos, dispuesta a que me torturen para hacerme sentir más viva, o quizás un poco menos muerta. Hacen que mi corazón lata desbocado, queriendo salir de mi pecho para emprender un largo -y en vano- viaje en tu busca. Inocente órgano desquiciado, demandante de emociones huecas y falsas. En su defecto acaba recibiendo arañazos y rasguños, para luego percibir los suaves labios de algún ser desconocido que intenta reparar lo que está para siempre perdido; pero en eso se resume el cuento, ¿no? En sentimientos generales, buenos y malos, que hagan que el cuerpo vibre y quiebre.
¡Menudo dilema! Quiero huir, pero me quedo aquí. Temerosa y, para colmo, estúpida. La situación sería algo como esto: Estás tan tranquilo mirando por la ventana con tu telescopio, embelesado con el espacio y todo aquello que lo compone, cuando de repente ves un gran meteorito acercarse, rodeado de llamas. ¿Y qué haces? ¡Nada! Te resulta tan hermoso y lejano que lo sigues observando anonadado, asombroso espectáculo celestial. Es justo cuando lo tienes tan cerca que casi puedes sentir el calor que emana que te das cuenta de tu error. Dejaste que lo que puede matarte se te acercara demasiado, todo por tu ingenuo pensamiento de que era tan distante que nunca lo podrías acariciar. Y ahora lo acaricias, lo palpas, dándote cuenta de que te quitará el aliento, el alma y la vida. Lloras, gritas, te desgarras, pero sigues atónito mirando la belleza de lo que te produce tal dolor.
Así me doy cuenta de que de eso trata todo. De que cuanto más lejano veas algo antes se hará con todo tu ser, hasta que al final te romperá en mil pedazos, pequeños, imposibles de encontrar, de ordenar. Me asusta, y tú no estás ya para protegerme. Para empezar, tú fuiste el primero en romperme, múltiples veces, y eras el único con la soberana paciencia de buscar bajo los muebles cada trozo de mi alma, pegándolo luego, puliendo el resultando, dejándolo impoluto.
Hiciste de cada momento una catástrofe, y de cada catástrofe una tormenta de buenas e inolvidables sensaciones. Pero tu mayor desastre fui yo, esa pequeña catástrofe que tanto amabas, y que tanto te ama. Aún así, déjame ser tu niña otra vez, asustadiza e insegura, pidiéndote suplicante "quédate conmigo", y esta vez quédate para siempre.
Te quiere con el alma,
tu catástrofe.
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