12 abr 2014

Pues bien, una noche, con todas las luces apagadas, 
desperté en la cama borracho pero claro, sabes, 
súbitamente claro las sucias paredes. 
La falta absoluta de objetivo, la tristeza del todo. 
Y me apoyé en un codo y miré alrededor 
y parecía que todos se habían ido. 
Sólo aquellas botellas de vino vacías tiradas, 
iluminadas por la luna. 
Dura y grosera mañana esperando, 
y miré a mi alrededor en la cama 
y allí aquella forma humana. 
Una tía había decidido quedarse conmigo… 
Aquello era amor, aquello era bravura.

Mierda, ¿quién podía soportarme en realidad? 
Cualquiera que pudiese soportarme 
tenía mucha indulgencia de alma. 
Tenía sencillamente que recompensar a aquel dulce 
y querido cervato por tener las agallas, 
la penetración y el valor de quedarse conmigo.

Memorias de un viejo indecente, Charles Bukowski 

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