Tengo la mala costumbre de romperme por dentro, de sentir que destrozo todo aquello que aprecio, que quiero y que deseo. De hacer la distancia y diferencias más patentes. De sentir que sólo puedo sentirte cuando suenan las teclas de un piano inexistente, de un sonido efímero, fugaz.
Últimamente siento que todo se va quebrando, lentamente... De esa forma que duele, tan punzante como dagas envenenadas en pleno pecho, o como la pérdida más drástica y repentina. Pero si te vas, piensa en la pequeña y estúpida persona que siempre te espera, porque eso será lo que siempre haré: Esperar como una niña a que vuelvas, a que me acojas en tus brazos y me des cobijo. Y, si no es mucho pedir, acuérdate de cada una de las palabras que no te pude decir, porque esas son las palabras más significativas y las que siempre quise sentir.
Últimamente todo se aleja, y mis sentimientos a flor de piel me delatan, te delatan. Y como desearía poder tirarme por ese precipicio de emociones alocadas, dejarme llevar como las conchas de la orilla. O quizá sería buena idea quedarme ahí, ¿no? Tú siempre puedes irte, como las olas, pero siempre dejarás el rastro de espuma, y con ello haré mi manta y me cubriré cada noche desconsolada.
Eso soy yo, de eso me constituyo. De miedo, inseguridades, locuras, vergüenza, y, a lo mejor, demasiado amor.
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