23 dic 2014

Carta de amor.

Te dije que me ibas a doler, te advertí que me ibas a romper. 

Te lo dije.
(Me dueles, y yo no te duelo)
¿O sí? ¿Te has lastimado, clavado las espinas de la rosa que plantaste como símbolo de un amor etéreo? A lo mejor dices la verdad y este sentimiento te está consumiendo entre caricias candentes y llamas demasiado frías; a lo mejor, y sólo a lo mejor, te estás destruyendo. ¿Y sabes una de las cosas que más lamento? No destrozarte yo, no dejarte esa huella imborrable que sólo la pasión desenfrenada de una emoción eterna puede hacerte.

Acuden a mi cabeza esas fantasiosas palabras de un final en el que sólo existiríamos tú y yo, las hermosas declaraciones abofeteando nuestras caras cuando la incertidumbre nos cubría con su manto de espigas... Las confesiones de amantes recelosos, pasionales, que se esconden tras una barrera mortal.

Me quebré, que despedazaste e intentaste quedarte con los trocitos de mí que tanto te gustaban. Pero no, mi amor. Prefiero dejarte en la conciencia esta achacadora nota con mensaje claro, conciso.
No me iré, mas no estaré aquí. Seré volátil, transparente y efímera. Seré agua, viento. Estaré en este punto fijo y sin embargo no seré tuya. Renunciaste a mí, a todo lo que podía dar (y, de paso, a todo lo que te di), así pues podrás tenerme a medias, quedarte con la muñeca rota, con el vacío recipiente. Descuidaste a la compañera, a la amiga, a la novia, a la familia, a mí, porque eso era todo lo que podría ser y no quisiste. 

No me voy, no me quedo. No soy yo ni tampoco ella. Existo y me desvanezco. 
Felicitaciones, en eso me has convertido.

A estas alturas me estarás maldiciendo por lo vago, o por otro lado llorando como un chiquillo indefenso. Posiblemente dirás, para tus adentros, que esto es una carta de desamor. Te equivocas. De nuevo, te equivocas.
Es una carta de amor hacia ti, de odio hacia mí. ¿Por qué? Simple, porque te perdono, no te odio. Aunque quizás eso sólo te haga lamentarte en tu culpa tapizada de indulgencia. Quién sabe, ya no es asunto mío, tú no lo eres. El afecto que me une a ti sigue tan dentro de mí que está dañándome, esa misma afición es la que saca a relucir mi estupidez, disculpar tus traiciones, tus engaños. Sí, te quiero e incluso más que eso. Pero tú, querido idiota sin agallas, mandaste todo a la mierda para protegerte, a ti y solamente a ti.

Mi amado pusilánime, esto también es un adiós 
(porque todo sea dicho, nunca seremos un “hasta luego”)

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