¿Recuerdas esas mañanas de desayunos en la cama?
Como me acariciabas la cara y yo fingía estar dormida para que nunca pararas, como me hacías las tostadas quemadas sabiendo que así me gustaban.
¿Sabes? Los guardo con gran amor en mi pequeño baúl de cristal. Mantengo con aprecio en mi cabeza las imágenes de cómo cantabas intentando imitar un francés sin significado alguno, pero siempre conseguías ese acento que le daba el toque realista, haciendo que, alguien que no sabe de idiomas, creyera que realmente cantabas en un francés fluido y alegre. Canturreabas a voces, a gritos, como queriendo desgarrar las nubes mañaneras y que así el sol brillara en todo su esplendor, lo hacías para mí, por mí… sin pararte a pensar que para mí todas las mañanas eran soleadas si estabas tú a mi lado. Pero eso nunca te pareció suficiente. Hacías mil y una cosas para verme feliz, como si quisieras enmendar algún error. Yo, tonta y despistada, te decía: Mi vida, ¿me ocultas algo? Y tú, elegante y preciso, respondías: No seas boba y bésame. Pobre ilusa de mí, que me dejaba sobornar por tus labios que me sabían a gloria.
Pasaron días, pasaron meses y la distancia se hizo patente entre los dos.
– Tengo que irme. –dijiste, y mi corazón se paró en seco, como si fuera a morir en el momento que dijiste esas palabras.– Es lo mejor. Para ti, para mí, para tu corazón.
– Creo que tengo derecho a saber que es lo mejor para mí y mi corazón. De todas formas, si te vas… ¿crees que tendré corazón con el que sentir? Se irá contigo.
– No… No puedo. Yo no soy tú, yo no puedo vivir en la monotonía constante, en una vida enjaulado. –Sentí mis lágrimas amontonarse en mis ojos, y luché contra ellas de forma desesperada.
¿Pero qué significaba esto? ¿Por qué ahora, por qué yo?
– ¿Quieres mandar todo a la mierda así porque sí? ¿Por qué? Dímelo… –Su mirada era compasiva, apenada. Se acercó en lo que yo creí un intento de acariciarme la mejilla, pero cuando me aparté me di cuenta de que mis lágrimas brotaban de mis ojos a una velocidad desorbitada y que él sólo había intentado secarlas con sus dedos.– ¡Dimelo, joder! ¿Por qué? Por favor… Dímelo…
Él puso su mano en su frente para luego llevarla a su pelo y despeinárselo en un acto de desesperación. Luego resopló. Parecía cansado, exhausto, abrumado. En ese momento pensé que parecía mayor, y derrotado… Como si hubiera perdido una batalla en la que llevaba demasiado tiempo luchando, o quizás no había perdido, sino que se había rendido.
– Cariño, escúchame… –Bastardo, sabía que no podía resistirme cuando me llamaba así. Estúpido bastardo.– Odette, yo no estaré siempre aquí, lo sabes, ¿verdad? Yo… algún día me iré, algún día me harán irme y, pff… Te juro que he luchado, por ti y por mí, porque no quiero dejarte sola, no quiero irme de tu lado.
– ¿Entonces? Si lo que necesitas es ver mundo, conocer más sitios, visitar lugares nuevos, déjame ir contigo. Sabes que estaré toda mi vida contigo si me lo pides.
– Ya has estado toda mi vida conmigo, Odette. –Noto como sus ojos se llenan de lágrimas, y me viene a la cabeza un pensamiento que intento repeler. Le miro atónita, me alejo un poco de él y mis mejillas se encienden de furia y tristeza.– Ni te imaginas lo pronto que me tendré que ir… Me has dado los mejores años de mi vida, los mejores, y sólo deseo que te desprendas de la carga que supongo ahora y de lo que supondrá mi recuerdo encima de ti. Quiero que te enamores de un hombre que valga la pena, que te haga feliz el resto de tu vida. –Se sienta desesperado y apoya su codo en la mesa, sujetando su cabeza con la mano. Vuelve a alborotar su pelo y me parece oír sus lágrimas chocar contra la madera de la mesa, o incluso recorrer su mejilla.– Lo siento, joder, lo siento… He querido hacerte tan feliz estos años como me ha sido posible, aprovechar todo el tiempo, sin pararme a pensar que si seguía así acabarías teniendo que soportar mi… –Duda unos segundos y me mira serio.– muerte sobre ti.
– No vas a morir. ¿Me escuchaste? ¡No vas a morir! ¡No me vas a dejar sola, estúpido!
Siento que pierdo mi vida. Todo, absolutamente todo lo que habíamos construido, lo que habíamos formado con esfuerzo entre nosotros, ese hilo invisible que era irrompible y que nos unía, iba a desaparecer. Todo.
Me apoyé en la en la mesa en un intento de no caer derrotada en el suelo, pues temía no levantarme jamás. Sentí que él se levantaba de la silla y se acercaba hacia mí, escuché sus pasos cada vez más cerca y vi sus brazos rodeándome.
– Estúpido, idiota, imbécil… No puedes dejarme ahora. ¡No puedes, joder! –Empecé a dar golpes desesperados en su pecho y sentí como el me abrazaba con más fuerza todavía. Agarré su camisa, pensando que así él nunca se iría.– Por favor, déjame estar contigo… Déjame quedarme hasta que… –Tragué saliva.– Hasta que la muerte nos separe…
Sentí sus ojos clavarse en mí y su cabeza asintiendo. Se había esforzado tanto en no mostrar debilidad, y todavía lo hacía, todo para no hacerme sentir peor a mí. Pero ya era tarde, él se iría, su vida, su vitalidad… y con él se iría mi vida.
– Te quiero, capullo.
– Y yo a ti, idiota. –Le aticé otro golpe en el pecho y escuché su risita ronca, intenté guardarla en mi cabeza. Me acurruqué en su pecho y entre lágrimas intenté memorizar cada uno de los latidos de su corazón.
Como me acariciabas la cara y yo fingía estar dormida para que nunca pararas, como me hacías las tostadas quemadas sabiendo que así me gustaban.
¿Sabes? Los guardo con gran amor en mi pequeño baúl de cristal. Mantengo con aprecio en mi cabeza las imágenes de cómo cantabas intentando imitar un francés sin significado alguno, pero siempre conseguías ese acento que le daba el toque realista, haciendo que, alguien que no sabe de idiomas, creyera que realmente cantabas en un francés fluido y alegre. Canturreabas a voces, a gritos, como queriendo desgarrar las nubes mañaneras y que así el sol brillara en todo su esplendor, lo hacías para mí, por mí… sin pararte a pensar que para mí todas las mañanas eran soleadas si estabas tú a mi lado. Pero eso nunca te pareció suficiente. Hacías mil y una cosas para verme feliz, como si quisieras enmendar algún error. Yo, tonta y despistada, te decía: Mi vida, ¿me ocultas algo? Y tú, elegante y preciso, respondías: No seas boba y bésame. Pobre ilusa de mí, que me dejaba sobornar por tus labios que me sabían a gloria.
Pasaron días, pasaron meses y la distancia se hizo patente entre los dos.
– Tengo que irme. –dijiste, y mi corazón se paró en seco, como si fuera a morir en el momento que dijiste esas palabras.– Es lo mejor. Para ti, para mí, para tu corazón.
– Creo que tengo derecho a saber que es lo mejor para mí y mi corazón. De todas formas, si te vas… ¿crees que tendré corazón con el que sentir? Se irá contigo.
– No… No puedo. Yo no soy tú, yo no puedo vivir en la monotonía constante, en una vida enjaulado. –Sentí mis lágrimas amontonarse en mis ojos, y luché contra ellas de forma desesperada.
¿Pero qué significaba esto? ¿Por qué ahora, por qué yo?
– ¿Quieres mandar todo a la mierda así porque sí? ¿Por qué? Dímelo… –Su mirada era compasiva, apenada. Se acercó en lo que yo creí un intento de acariciarme la mejilla, pero cuando me aparté me di cuenta de que mis lágrimas brotaban de mis ojos a una velocidad desorbitada y que él sólo había intentado secarlas con sus dedos.– ¡Dimelo, joder! ¿Por qué? Por favor… Dímelo…
Él puso su mano en su frente para luego llevarla a su pelo y despeinárselo en un acto de desesperación. Luego resopló. Parecía cansado, exhausto, abrumado. En ese momento pensé que parecía mayor, y derrotado… Como si hubiera perdido una batalla en la que llevaba demasiado tiempo luchando, o quizás no había perdido, sino que se había rendido.
– Cariño, escúchame… –Bastardo, sabía que no podía resistirme cuando me llamaba así. Estúpido bastardo.– Odette, yo no estaré siempre aquí, lo sabes, ¿verdad? Yo… algún día me iré, algún día me harán irme y, pff… Te juro que he luchado, por ti y por mí, porque no quiero dejarte sola, no quiero irme de tu lado.
– ¿Entonces? Si lo que necesitas es ver mundo, conocer más sitios, visitar lugares nuevos, déjame ir contigo. Sabes que estaré toda mi vida contigo si me lo pides.
– Ya has estado toda mi vida conmigo, Odette. –Noto como sus ojos se llenan de lágrimas, y me viene a la cabeza un pensamiento que intento repeler. Le miro atónita, me alejo un poco de él y mis mejillas se encienden de furia y tristeza.– Ni te imaginas lo pronto que me tendré que ir… Me has dado los mejores años de mi vida, los mejores, y sólo deseo que te desprendas de la carga que supongo ahora y de lo que supondrá mi recuerdo encima de ti. Quiero que te enamores de un hombre que valga la pena, que te haga feliz el resto de tu vida. –Se sienta desesperado y apoya su codo en la mesa, sujetando su cabeza con la mano. Vuelve a alborotar su pelo y me parece oír sus lágrimas chocar contra la madera de la mesa, o incluso recorrer su mejilla.– Lo siento, joder, lo siento… He querido hacerte tan feliz estos años como me ha sido posible, aprovechar todo el tiempo, sin pararme a pensar que si seguía así acabarías teniendo que soportar mi… –Duda unos segundos y me mira serio.– muerte sobre ti.
– No vas a morir. ¿Me escuchaste? ¡No vas a morir! ¡No me vas a dejar sola, estúpido!
Siento que pierdo mi vida. Todo, absolutamente todo lo que habíamos construido, lo que habíamos formado con esfuerzo entre nosotros, ese hilo invisible que era irrompible y que nos unía, iba a desaparecer. Todo.
Me apoyé en la en la mesa en un intento de no caer derrotada en el suelo, pues temía no levantarme jamás. Sentí que él se levantaba de la silla y se acercaba hacia mí, escuché sus pasos cada vez más cerca y vi sus brazos rodeándome.
– Estúpido, idiota, imbécil… No puedes dejarme ahora. ¡No puedes, joder! –Empecé a dar golpes desesperados en su pecho y sentí como el me abrazaba con más fuerza todavía. Agarré su camisa, pensando que así él nunca se iría.– Por favor, déjame estar contigo… Déjame quedarme hasta que… –Tragué saliva.– Hasta que la muerte nos separe…
Sentí sus ojos clavarse en mí y su cabeza asintiendo. Se había esforzado tanto en no mostrar debilidad, y todavía lo hacía, todo para no hacerme sentir peor a mí. Pero ya era tarde, él se iría, su vida, su vitalidad… y con él se iría mi vida.
– Te quiero, capullo.
– Y yo a ti, idiota. –Le aticé otro golpe en el pecho y escuché su risita ronca, intenté guardarla en mi cabeza. Me acurruqué en su pecho y entre lágrimas intenté memorizar cada uno de los latidos de su corazón.
Bonito texto, muy profundo. Saludos
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