18 jul 2011

Tic tac nervioso.

Al día siguiente, al despertar Ann, miró a su alrededor buscando algún rastro de Amelia a su lado. No había nada. Se levantó y recorrió la casa intentando seguir su aroma a rosas y vainilla, llegó a la cocina y ella no estaba, luego, al comedor, y allí encontró una nota en la cual sólo habían escritas palabras de arrepentimiento:

Esto ha sido un error. Soy puta, sólo eso, no se me permite sentir nada al acostarme con un cliente, desgraciadamente, me has hecho sentir cosas, y eso no me es permitido.
Por favor, olvida esa noche.

Lo siento,
Amelia.

"¿Qué puedo hacer?" Pensó Ann. En su interior desesperación y... ¿dolor? No, eso no era posible. "Será mejor dejarlo pasar, al fin y al cabo, sólo era sexo. Sí, sólo sexo". Pero, ¿realmente era tan fácil dejarlo pasar? Ann nunca se había sentido así, nunca se había sentido única para nadie. Ahora que esa pelirroja de curvas despampanantes se había ido Ann se había vuelto a quedar sola, sintiéndose tan común como los demás, sintiéndose tan vacía como el resto de los días.
Así, otro día más sigue la monotonía. Se peina, se pone sus jeans rotos, su sujetador desgastado y una camiseta larga. Sale de casa a toda prisa sin tomarse ni siquiera un café, llega al trabajo, saluda... Aunque esta vez es distinto, el transcurso del tiempo en su trabajo suele ser aburrido, esta vez es asfixiante. En su boca un nombre, en su mente recuerdos de una noche ardiente. "¡Olvídalo!" Piensa para sí. Sale del trabajo, bebe, fuma y se tumba en un intento fallido de dormir.
Horas y horas marcan el reloj, un "tic, tac" que la pone histérica. Decide coger el coche y salir, salir en busca de algo. Ella todavía no sabe que esta buscando. Pero la busca a ella.



Otra noche estrellada, fría y llena de soledad. Amelia mira al cielo y distingue la misma estrella hermosa y grande que vio la noche en que conoció a esa extraña mujer de pelo negro.
Para otro coche frente a ella, su piloto era un hombre mayor, consumido por los años y el tabaco. Ella monta y así acaba en otra habitación desconocida. Sabe perfectamente que en una hora se irá, otro coche parará, ella subirá y de vuelta a lo mismo... más caricias falsas a hipócritas negociantes de la noche.
Comienza a amanecer. Hora de marchar. Emprende su viaje, camina despacio, cansada, agotada de tanta mierda que no cesa. Llega a un portón destartalado, sube las escaleras y abre la puerta, mira la foto de sus padres y la sonrisa que en ella poseía, ¿cuántos años haría que no sonreía así?, ¿cuándo se gastó su inocencia y su paz? Una lágrima resbala por su mejilla. Si por lo menos no fuera tanta su soledad quizá su dolor amainaría.
Mira el contestador, no hay mensajes de Ann, pero ¿cómo iba a haberlos si se fue sin dejar tan siquiera un número de teléfono? Para ella no estaba permitido amar, nunca lo estuvo y nunca lo estará, aún así, después de estar con Ann no le gustaba que otra persona la tocara. No es como si en algún momento le hubiera gustado que los hombres se aprovecharan de ella, pero ahora era distinto, antes sentía asco, ahora se sentía sucia, demasiado sucia para poder soportarlo durante una larga temporada de tiempo. "Aguanta, aguanta un poco más" se repetía a ella misma una y otra vez, ignorando sus ganas locas de salir huyendo.

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